A la música se le abrieron las ventanas y las puertas en mi casa, y se le dio un lugar. Algunos parientes músicos que venían, la música de los ensayos que llegaba con el aire del barrio, los padres con sus discos y sus escuchas radiales; luego comenzaron los hermanos mayores con los casetes, antes de los CDs, hasta que vino la televisión y comencé a ver conciertos. Todo eso previo (o en paralelo) a que yo comenzara a participar de ella: malambo, las fiestas escolares, el carnaval, el vecino músico. Así pasó mi primera y segunda infancia.
Ya saliendo de ella, recuerdo que mis primeros casetes los compré con la platita que ganaba trabajando con mi viejo los sábados, y que luego escuchaba y cantaba en mi habitación. Recuerdo también que en esos fines de semana, ya merodeando la mitad de la década de 1990 y más allá, comenzaba a entrar en casa el suplemento Sí…, y con él se estiraban los años, las páginas y los nombres del diccionario (que hasta ese entonces era un juguete, con el que jugaba con mi hermana menor a buscar imágenes y palabras). Con los anuncios de los recitales que salían en el suplemento Sí, comencé a decorar mi carpeta A4, ya entrando a la escuela secundaria.
El año 2001, para los argentinos en general, y para mí —y mi familia en particular—, fue un año bisagra: la crisis del 2001, así se la recuerda en la Historia (con mayúscula), pero en mi historia, con minúscula, es la muerte de mi madre: diciembre una, agosto la otra. Aún recuerdo aquel llamado en diciembre: estábamos en la casa de un amigo, y su padre nos reunió en el living y nos contó que había un toque de queda, la dictadura, en fin, qué era lo que estaba pasando. Algunos padres vinieron a buscar a sus hijos, pero yo volví caminando. En ese contexto, las asambleas y las marchas me daban cierto reparo; cultivaba en mí la empatía, pues yo no tenía ningún ahorro. Pero eso no es lo que quería contar; este es el contexto de algo que ocurrió meses antes: abril de 2001.
En abril de 2001, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota tocaban en Montevideo —para que se den una idea: de Villaguay a Capital Federal hay unas cuatro horas de viaje, y a Montevideo unas cinco—. Yo tenía 14 años, y sabía que se estaba organizando un micro para ir desde Villaguay, desde Entre Ríos, pero mi vieja, con buen tino, no me dejó. La cosa pasó: los Redondos se separaron, y yo seguí escuchando su música con más ahínco, consiguiendo casetes, inéditos, grabaciones piratas. Mi habitación se convertía en el estudio RCA donde grabaron un demo; en La Esquina del Sol; en el Stud Free Pub; en Cemento, pero desde una pequeña ciudad del rock and roll del país.
Dejé mi habitación, dejé mi ciudad natal y me fui a estudiar. Ese 2005 coincidió con la presentación de El tesoro de los inocentes, de los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. Fui, fuimos con la banda de amigos, aquellos con los cuales había hecho pogo en mi habitación; ahora estábamos en un pogo no menos real y sentido que aquellos. Recuerdo también que fue a ellos mismos a quienes les leí, luego del viaje, una primera crónica de aquella experiencia (luego vendrían las crónicas culturales en Revista Barriletes). Pero solo ahora pienso que El tesoro de los inocentes era ese canto que nos unía —y nos esperanzaba— a quienes lo invocaban: «solo les pido que se vuelvan a juntar».
Hace una semana se murió el Indio, y si no fuera por mi hermana menor, que escribió en el WhatsApp del grupo familiar estas palabras: «Gracias Dani por darme ese gusto por este man tan mítico», les juro que no lo habría hecho. Porque es tanto lo que tengo para decir sobre el mister, que con su lírica se metió bajo este pulso.
