La poesía atmosférica


Me parece percibir un momento de cierta poesía que podríamos llamar atmosférica. Una poesía que genera una atmósfera que suena linda, pretenciosa, pintoresca y —en el fondo—dependiente de condiciones externas. Para entrar en ella, o abrirla como si fuera un archivo, se necesita batería o una clave de acceso sofisticada. Tantas luces y artefactos colgando del texto que, más que poemas, parecen instalaciones.
Nada de esto es ilegítimo en sí. El problema es otro: se esfuman los temas. Donde antes había amor, vida, muerte, tiempo, pérdida y risas, ahora hay dispositivos. El texto ya no siente y respira sobre algo: funciona como algo. No piensa en su límite con la filosofía: se exhibe.
Como toda creación, hay réminiscences intimes, pero la poesía atmosférica las deja cuidadosamente indeterminadas. No hay intimidad concreta, situada, riesgosa. No dice: ¿Hagamos un trato?; o, si lo dice, nadie sabe finalmente cuál es el trato. Es una intimidad genérica, exportable, lista para circular sin rozar a nadie. Lo íntimo sin biografía es una contradicción performativa, como una lectura de voz impostada, golosa, con ecos de sí misma.
Ahí aparece el núcleo del snobismo de esta poesía: no en su dificultad, sino en la sustitución del sentido por la experiencia estética validada. La posibilidad de conocer el cosmos por lo cosmético; la naturaleza humana por la naturaleza muerta. El lector no es convocado a comprender ni a confrontarse, sino a “recorrer” una instalación de cosas, hasta confundir lo poético con lo metafórico. Es literatura —porque está escrita—, pero abdica de su antigua función cognitiva para volverse un objeto cultural compatible. Y eso, dicho sin vueltas, suele gustar.
Pero queda la pregunta: ¿nos quieren decir algo o simplemente mostrar que dicen muchas cosas? Sospecho que no se proponen decir, sino activar. Y cuando la literatura se piensa como activación sensible sin concepto, se convierte en una forma elegante de neutralidad: el ni-ni.
Un poco de humor rápido, ya que estamos: así como el pintor pudo escribir “esto no es una pipa” mientras pintaba una pipa, el escritor puede decir “esto no es un poema, es una pregunta por el amor, la vida o la muerte”, esos tres grandes temas de la literatura, según Rulfo. Y la poesía —la que perdura— debería poder sobrevivir al apagón. Porque cuando todo falla, lo único que queda es la palabra diciendo lo esencial; y se recita de memoria. De memoria y sin saber bien de quién es.
Mi intuición es que, en esta poesía atmosférica, el humo ocupa el lugar que antes tenían la idea y los sentidos y, al hacerlo, la desresponsabiliza aún más; y eso, a fin de cuentas, ¿a quién le importa? Pero la poesía, incluso la más experimental, cuando deja de responder por algo —por alguien, por una experiencia límite— deja de ir a algún lado. Se queda flotando. Bonita, sí. Pero flotando. Leer, entonces, se vuelve una experiencia, no una vivencia; y hay veces que nos gustaría quedarnos a vivir en un poema. La poesía atmosférica, en cambio, es como tomar un avión e ir de turismo, no para una residencia.
La poesía atmosférica suele pensar, me parece, que la historicidad de un poema tiene que ver con el uso de palabras “de época”. Pero la historicidad tiene que ver, en términos de Yuri Tyniánov, con la orientación de la obra y con su relación efectiva con la vida, no importa que tiempo.
Por eso, cuando un texto necesita mediaciones técnicas, claves de acceso o marcos institucionales para activarse, corre el riesgo de perder esa relación viva con la vida. No porque sea nuevo, sino porque ha desplazado su centro: ya no responde a una experiencia humana compartible por los sentidos, sino a un régimen de circulación. Como si la poesía necesitara carnet de socio… o licencia de conducir.
Alguien, alguna vez, dijo lo esencial a la luz mínima de una vela. Y nosotros queremos decir lo mismo —no repetirlo—, pero a nuestra manera.
O, cómo era… lo esencial es invisible. Algo así.



Mario Daniel Villagra
13 de diciembre de 2025