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| Primera Plana, N° 445, del 10 de agosto de 1971. Fuente: Fotos de Juanele |
La relación biográfica y literaria de Juan L. Ortiz con Villaguay se remonta a su primera infancia: cuando tenía tres años, en 1899, se traslada con su familia a Mojones Norte, zona rural del departamento Villaguay, lugar del cual Gerchunoff diría que era el «reino viviente de la poesía», la Selva de Montiel. «Fue una experiencia única», diría mucho más tarde Ortiz; tenía que llevar las vacas al monte, con su perro, ellos dos solos en medio de una soledad absoluta, en pleno monte o selva, como se recuerda en sus entrevistas.
Juan José Saer señala que las entrevistas son una forma de autobiografía, y en este caso lo confirman. Por eso resulta pertinente leer Una poesía del futuro, compilado por Osvaldo Aguirre, que reúne varias entrevistas en las que Ortiz rememora su vínculo con Villaguay.
En ese recuerdo aparece la tensión entre paisaje y lectura, biografía y autobiografía. Ortiz menciona una novela de Pierre Loti, Calavera de un niño, donde se describe la primera impresión de un bosque. Esa doble influencia —la del paisaje y la de la literatura— es el punto de partida de una sensibilidad en formación. Allí comienza a sentirse ese frisson, ese escalofrío o temblor que acompañará su obra.
El propio Ortiz lo formula así: del paisaje solo quedaban entonces «vagas cosas» que habían entrado en Villaguay durante la infancia, en un período de ejercicio literario y retórico, de lectura y admiración, todavía artificioso, pero ya inevitable. Sin embargo, en paralelo, el paisaje real ya estaba presente: Mojones Norte, el campo del general Racedo —quien había contratado a su padre como mayordomo.
De allí provienen también las escenas que Ortiz recuerda: las andanzas por la costa, los pescadores en silencio durante horas, las apariciones de la siesta como verdaderos arcángeles. Entre Mojones Norte y la ciudad de Villaguay se va configurando una poesía que puede leerse como confidencial, esencial y descriptiva; en otras palabras, una poesía mítica, sostenida en el mito de la infancia como origen de la mirada.
Por infancia entendemos aquí, con Ortiz, una forma de disponibilidad: frescura, asombro, entusiasmo, incluso ebriedad frente a lo que aparece por primera vez. Esa mirada limpia será decisiva en su obra.
A los ocho o nueve años, Ortiz recuerda haber ido a tomar la leche a la casa de los intelectuales del pueblo. Allí escucha por primera vez nombres como Gogol, Dostoievski y Tolstói. Poco después descubre a Shakespeare: no entendía del todo, pero lo deslumbraba, más incluso que la Biblia, que le resultaba pura aventura rítmica.
Entre 1899 y 1906 se concentra este universo formativo, junto también a la Historia: al monte, a las reuniones en las casas de los amigos de su padre, como Emilio Carulla, Daniel Elías o el doctor Yarcho de la colonia judía —a quien Gerchunoff también menciona en El médico milagroso—, se le suma el descubrimiento de la biblioteca de Villaguay, y los testimonios de sobrevivientes de Caseros, de la Guerra del Paraguay y de la Banda Oriental.
En ese entramado de voces y paisajes, Ortiz parece quedar habitando, o construyendo, su mundo propio. No es el río Paraná el que lo atraviesa, tampoco el Uruguay, que abrazan y dan nombre a la provincia: más bien, aunque pasa desde 1942 hasta su muerte, el Paraná lo abruma. Es el Gualeguay y sus afluentes, entre Gualeguay y Villaguay, el que moldea su experiencia poética.
Al final, existe un libro de Luis Alberto Zalvarezza titulado Al Villaguay (y otros poemas), donde se recopilan imágenes, textos, actas de la biblioteca, variadas fuentes, y, entre ellas, los poemas dedicados al arroyo homónimo, la vidalita, y el poema «Villaguay». Ortiz se interroga:
«¿Dónde está mi corazón al fin?
Ah, mi corazón está en todo.»
Este poema está dedicado a Justo Miranda; el doctor Justo Miranda, de inclinación socialista, fue condiscípulo de Jorge Luis Borges, quien, cuando estuvo en Villaguay en 1981, dijo recordarlo con cariño. Pero ese hecho, que marca un hito para hablar de la relación —o no relación— entre Ortiz y Borges, dos de los grandes poetas del siglo XX argentino, puede quedar como la punta de un hilo para tejer un nuevo textum.
