Había llovido prácticamente dos noches sin parar, y su casa, sin opción de salir al bar, ya dejaba de ser un hogar. Fue también, a decir verdad, un resguardo, a juzgar por los destrozos después de la tormenta. Todo lo cual hacía un paisaje hecho de cables y postes rotos, autos aplastados, calles inundadas, barro en las veredas y árboles tumbados. Al salir a la ciudad después de la lluvia, Tim esquivó todo eso y también se protegió de los rayos y los truenos que amenazaban con volver a desatar el aguacero. Llegó, y en la esquina del bar ya no funcionaban los semáforos. Una de las calles, la perpendicular a él, bajaba en picada con dirección al río, lo que ponía más peligrosa la situación para cruzar la calle. ¡Tuvo que correr más rápido que un automóvil para poder cruzarla y atravesar la puerta del bar El Oriente!
Encandilado por un farol de frente, esquivó dos murciélagos que habían entrado, y Susy, la bolichera, venía espantándolos con un plumero en la mano y en la otra la luz:
—No solo de pan vive el hombre —dijo ella y prendió la luz del lado de afuera de la puerta.
—¿Pensó que no vendría nadie? Un gusto. Tim Don Nadie.
Se pidió un vaso de vino blanco, y Susy no prendió la luz detrás del mostrador hasta que entró el segundo cliente. Durante ese lapso, Tim bebió en la penumbra de la barra su vino y no pensó en nada de todo lo que se hablaría media hora después: quiniela, muertos, enfermos, fútbol, boxeo. Se habló de todo menos de la tormenta, y, cuando se dio cuenta, él era el único que no había dicho una sola palabra.
—Y usted, ¿es mudo? —preguntó uno en la barra y lo trajo de un sopetón al mundo de esa conversación.
—No, para nada. Yo pienso que estas tormentas son causadas por el cambio climático, y, a su vez, son producto de nuestra ignorancia supina sobre el uso de la técnica.
—No, hombre, le reitero, ¿qué opina del planteo que hicieron los técnicos en el último derbi de la ciudad?
Dudó en preguntarle el nombre a este tipo, pero el alboroto que se generó luego de su golpe de puño en el mostrador se lo impidió. Susy, que no solo atendía, sino que también mandaba, caminó rápido hacia un rincón y sacó un rebenque trenzado del ocho, que sacudió con fuerza en la otra punta del mostrador al grito de «aquí la única que golpea el mostrador soy yo… ¿Cuándo diablos van a hablar de agricultura, de comercio exterior, de minería, de los problemas de las finanzas de este país?», y el silencio parco quedó pululando en el lugar, mientras Susy se perdía en el fondo del bar.
Cuando Susy volvía, hasta entonces, Tim nunca se había dado cuenta de que cojeaba. Imaginó que era porque pasaba mucho tiempo de pie, de aquí para allá, y hasta advirtió, cuando se sentó con una sola nalga en la banqueta, que dejaba una pierna colgando; en efecto, tenía una más larga que la otra. Tampoco se había dado cuenta de que miraba hacia afuera por encima del mostrador, entre la balanza y una exhibidora de vidrio —que siempre estaba vacía—. Parecía que le hablaba a él cuando articulaba algún comentario, por ejemplo: «No sé por qué baldea aquella vieja de enfrente, con toda el agua que cayó»; pero no, Susy ya tenía la costumbre de hablar sola; por las dudas, Tim asentía a la ocurrencia con un movimiento de cabeza.
Si Susy no hablaba, mientras tanto, Tim miraba las plantas y jugaba a distinguir cuáles eran reales y cuáles de plástico; entre otros entretenimientos, porque también se puso a adivinar de qué clubes eran los banderines que colgaban como guirnaldas en la pared del fondo del bar. El entretenimiento que más le gustaba, y el que más se reprimía, dado que le daba risa, era ver cómo se deformaban las cabezas en el gran espejo que estaba detrás, en todo el largo del mostrador, y por el cual Susy los veía mientras les daba la espalda. Pero entre todas esas distracciones, había un cuadro que le llamó la atención, tanto es así que Susy le dijo: «Ese lo hizo mi padre», y el agua del río, dentro del marco, pareció moverse para Tim, como Susy, que hizo una reverencia al levantarse de la silla mientras una nueva persona entraba.
Entretenido, escuchándola a Susy, Tim no había prestado atención a que esa persona, segundos antes, había sido anunciada por otra, ubicada en la punta más lejana del mostrador: «ahí viene el poeta», dijo, pero Tim había hecho oídos sordos. Al entrar, todos cambiaron un poco su presencia, digamos así, escénica; algunos, los viejos, se pararon firmes y se quitaron el sombrero; otros, se dieron vuelta y se pusieron de frente a la mesa que ocupó el vate, que, antes de sentarse, tomó el ejemplar del diario «El Santamarino».
El poeta manipulaba el diario con la soltura de un pez en el agua, y, cada vez que pasaba una página hacía un comentario en voz alta. Tim, ahora metido en el juego de mirar al poeta, trataba de adivinar a qué sección se refería: «en los bajos fondos de la humanidad se guardan los anhelos más ambiciosos», «sociales»; «un veneno no se guarda para otro crimen», «policiales»; «entre las ambiciones más frecuentes del horizonte casero, el sofá y el televisor pican en punta», «economía»; «el corazón guarda silencios sospechosos», «espectáculo». Tim imaginó que el poeta no hizo ningún comentario sobre la sección cultura porque allí se hablaba de él. Lo cierto es que, mientras se distrajo haciéndose a sí mismo esa conjetura, el poeta cerró el diario ante el arribo a su mesa de una niña vendiendo rosas.
Por el sombrero que cubría su cabeza, no supo si el poeta tenía el pelo negro o cano; barba no tenía. Ahora, el poeta hablaba tan entre dientes que a Tim le costaba entenderle, pero imaginó que le preguntó cuánto costaban todas las rosas, pues sacó un fajo de billetes y le compró todo el ramo a la niña, que contenta se sentó a la mesa y comenzaron a charlar.
Luego el poeta se paró y comenzó a regalar una rosa y un verso a cada uno de los presentes. Mientras Tim miraba la escena en silencio, su voz interior le decía que por fin poesía y teatro se veían las caras. El poeta se dio la media vuelta y dijo «he podido salvarme hoy con la hospitalidad amistosa que me dieron aquí». Mientras cruzaba el umbral de la puerta, detrás de él, el cielo negro se resquebrajó con un rayo amarillo. La tormenta se acercó como corriendo. El ruido del agua cayendo sobre los techos de chapas de las casas se escuchaba venir desde el río, hasta que por la puerta nuevamente vieron la lluvia. La gente afuera corría en procura de resguardo; adentro, Susy también, pero en busca de las velas. A medida que abría y cerraba los cajones, también se escuchaban los insultos de Susy por no encontrar más. La luz se cortó y ya no se vio más nada.
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