La atmósfera literaria de nuestro poeta Martí

Jorge Enrique Martí (2007), de Fotografía en Palabras.
JEM, hizo su primaria en la Escuela Hipólito Vieytes, la secundaria en el Histórico Colegio del Uruguay, que fundara Justo José de Urquiza y siendo un jubiloso interno de La Asociación Educacionista La Fraternidad, en Entre Ríos. Luego, recibió sus estudios en Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires. Tras su regreso a la provincia, se jubiló siendo Secretario de Extensión Universitaria y Cultura de la Universidad Nacional de Entre Ríos y Asesor de su Rectorado. Fue, además, declarado Doctor Honoris Causa por la Universidad de Concepción del Uruguay. Como poeta, tiene la distinción de Faja de Honor de la SADE y el Premio Fray Mocho. Autor de “Panambí” (1949), "Al Colegio del Uruguay" (1949), "Fraternilia" (1952), "Antigua luz" (1954), “Entre ríos y canciones” (1970), "Entrerriano por el canto" (1976), “La Frater cantada” (1977), "Rapsodia entrerriana" (1978), “Poetas” (2004), “Retablo” (2006), "Entrerriano por el canto (antología)” (2009), “Cancionero colonense del siglo y medio” (2013). “Gurisada” (en imprenta)  y “Postales del río Uruguay” (próximamente). 

Hablo de Jorge Enrique, el que nació en Rosario, se crió en Pueblo Liebig, forjó en Concepción del Uruguay e instruyó en Buenos Aires. Ese que actualmente vive en Colón, en su atmósfera de nueve décadas. Poeta y coplero por elección. En su poesía viven otros poetas, los peces, pájaros, árboles y güirises. A éstos últimos está dedicado su último libro: “Gurisada”. Y con eso nos abre, no solamente las puertas de su casa donde vive con Marta Urquiza, sino la de sus sentimientos. Todo en la calle 3 de Febrero, frente a un aguaribay, a quinientos metros del Uruguay.
“Tengo la costumbre de tener las puertas abiertas”, comentó Jorge Enrique Martí, hijo único, nacido frente al río Paraná el 11 de septiembre de 1926. Quien llegó a Entre Ríos, a la otra costa, con sus progenitores: Francisco Martí y Juana Rosa Rossi. Un poco en tren, otro tanto en barco, cuando su padre tuvo la propuesta para trabajar en la fábrica de carnes en conserva: Liebig´s Extract of Meat Co. Ltd.    
Al respecto de su vida en Pueblo Liebig, una vez adentro de su atmósfera, antes de las empanadas y el vino, Jorge Enrique nos ofrece un libro hecho con fotos. “Son de mi padre”, aclara “que entre otras cosas tenía la afición a la fotografía”, asegura. “Son fotos de toda mi vida”, subraya;  “Como algún día va a escribir algo, para que tenga fundamentos”, sugiere, y estira su brazo sosteniendo “Fotografía en palabras, la Liebig de Martí”, de Adriana Ortea. 
“La marca de Liebig es un trébol. Entonces, el otro día se me saltó una copla”, nos anticipa, y como una bendición de los dioses y las diosas, con esos labios decorados con bigote, recita: 
“Mil novillos marca trébol
van en tropa al matadero”

Y así, entre versos y coplas, bueyes perdidos, anécdotas y lecturas, la mañana entraba en su crepúsculo: contó sobre el libro de Andrew Graham –Yooll, “el gringo” -como lo nombra afectuosamente-  quién lo incluyó en una edición bilingüe, castellano-inglés titulada: “Poesía Argentina para el S. XXI” editada en colaboración con Daniel Samoilovich. Pero también de su formación en La Fraternidad, de la que recuerda “la maravilla de haber vivido con más de 180 muchachos, de distintas tonadas. Así conoces tu país: entrerrianos y correntinos, chaqueños, formoseños, misioneros, mendocinos, riojanos, salteños, porteños y rosarinos. Era una de tonadas que llegaban y andaban dando vueltas. Ahí aprendí también lo que era tener un amigo”, reflexiona Jorge Enrique Martí; que se acordó –inclusive- de una protesta de los internos de la Fraternidad, donde rompieron los cubiertos. “Entonces, las autoridades quisieron tomar medidas para que no se repitiera. Y Don Luis Doello Jurado, con 80 años, años después me decía: yo sabía quiénes eran los cabecillas; entonces no lo pude decir. Ahora tampoco. Con eso veías la herencia: ¡no entraba en la capacidad, delatar!, no delatarás era uno de los lemas del Colegio. ¡Qué lindo volver a practicar eso en este país!, que andan merodeando los arrepentidos… que es una manera oculta de la delación: para salvar el pellejo hay que delatar al otro, es espantoso”, acotó el hombre que nació en un siglo y vive en otro, generando un silencio que nos suspendió a todos en el vacío.


Francisco (padre) y Jorge Enrique Martí (1928) de Fotografía en Palabras.
Al entrar nuevamente en esa atmosfera, “aquí me tiene, medio viejito, para lo que quiera”, aclara nuestro Martí, sin advertir que todo lo narrado ya era suficiente: nos contó que a los 17 años viajó a estudiar Filosofía y Letras en la Universidad de Buenos Aires, donde conoció a su entrañable maestro: Ricardo Rojas (1882-1957). Que piensa que la biografía de un escritor está en su obra. Y que cree haber cumplido, dejando su testimonio de “entreriano por el canto”;  de cómo recorrió de muchacho los Bancos oficiales para poder publicar sus obras, o de que se baña a medianoche, antes de acostarse. Y que tiene un médico, su nieto, que entra por la puerta lateral del comedor donde estamos. De los trabajadores de la zafra que conoció a montones cuando se mataban de a mil novillos por día, en contextos de la Segunda Guerra Mundial. De su amor al río: “El río te enseña tantas cosas —y se emociona—. No sé si no es el río el que escribe las poesías. Marejadita que va, marejadita que viene, y la luna que aparece allá, pero también está metida abajo, o escondida entre los árboles y hay una palmera al lado. Claro, que según el momento del día, están los pajaritos correspondientes para armonizar el paisaje”, en fin, todo es conocimiento en esa atmosfera, las preguntas surgían solas, sólo había que formularlas: 

Con tantos libros publicados, ¿nunca se hizo un plagio de sí mismo? 

— Yo tuve alguna duda con “Antigua Luz”, que tenía seguro alguna influencia de con quién trabajé mucho y tuve una buena relación: Carlos Mastronardi (1901/1976). Alguna vez, entre las cartas intercambiadas, le he preguntado si él sentía que había tenido influencias en mí. Es un poema muy difícil de olvidar “Luz de provincia”. Y me contestó que teníamos un montón de circunstancias en el tiempo, en el paisaje, en los amigos comunes y que era inevitable que hubiera coincidencias. Hemos estudiado en la misma provincia, en las mismas escuelas primarias, en los mismos colegios, hemos sido internos en la misma institución. Por ahí ha sido inevitable que hayamos mirado el mismo paisaje y lo hayamos expresado. Puede ser alguna repetición, algún concepto. Quedé más contento desde entonces. Uno trata de evitar sus repeticiones, pero… ¿por qué no voy a elegir el mismo tema para tratarlo nuevamente?

—Después de tantos tiempos, ¿tendría una definición de poesía?

Yo tengo un libro que se llama “Poetas”. Yo quise hacer ese libro por la constancia que tengo de que la poesía dejó de tener presencia, dejó de tener lectores. En mis tiempos, en los tiempos de mis hijos o inclusive de mis nietos, hemos ido recibiendo generaciones que se han nutrido de muchos poetas. Digamos, en el siglo que se fue terminando han aparecido voces líricas muy acercadas al espíritu de ese tiempo. Podríamos reflejarlo en toda la poesía que tiene ese costado muy dramático: Federico García Lorca (1898/1936) y su “Romancero Gitano” (1928), una poesía de fácil lectura y agradable al sonido. Como la poesía de Miguel Hernández (1910/1942). Volviendo a la pregunta, con ese libro, traté de mostrar todo los poetas que yo he conocido. Algunos han sido amigos, otros han sido inmensamente admirados por mí. Cada vez que cierro los ojos y me veo caminando, tomado del brazo, por plaza de flores con Baldomero Fernández Moreno, siento una cosa acá -señala su pecho- ; es uno de los poetas que más he querido y más cerca ha estado de mi poesía en la forma de expresarme. Yo he sido muy coplero. A Marcelino Román (1908/1981) le gustaba siempre. La copla tiene una virtuosidad de ser rápida y cuando uno la capta empieza a andar solita. Una vez puse que la copla es flor del aire y aire en flor. Es difícil. Parece un vuelo, pero vuelo de qué. Es un pájaro que vuela, o una flor que vuela. No se sabe, ¡es la copla! Es la copla que llega y se va. Por ahí la agarra el pueblo y se la apropia, y como dice uno de los Machados, Manuel, y si después se queda en la boca del pueblo y si se vuelve canto, mucho más hermosa es.


El Nono
Insistí en dejar en claro una situación que lo excede: ninguna entrevista puede encerrar toda la vivencia que hay en su atmosfera viva.  “Yo no sé si tenes que hacer algo conmigo, lo hacemos nomás”, me dice. En eso, Marta le indica con el dedo, una parva de hojas que permanecen junto a la máquina de escribir, una Olivetti. “Ah, Marta quiere que les lea un soneto —dice, haciendo un gesto como si se acordara, y toma los papeles—, que es una manera de mirar desde los 90 años. Cuando le dije a uno de mis hijos lo que iba a hacer, ponele de título Nono, me dijo. Que quiere decir nueve o noventa, y es lo que ya soy: un Nono. Escribí éste, y tiene una recordación a Rubén Darío, en el sentido de que cuando se fue quedando sin nada, ni sus amores, menos sus cosas. Yo rescato algo que no hay que perder nunca, él decía: “pero es mía el alba de oro”. Eso no te lo van a quitar nunca por más recontra viejo que estés. Entonces escribí esto que quizás sin lentes los pueda leer”, dice, acomoda el nudo de su garganta y canta:

Es tiempo de mi década novena
y estoy más cerca de la despedida
pero me abrazo al árbol de la vida 
con ganas de llegar a la centena. 
Apena pueda componer la escena 
seré como una momia renacida
y en el espejo de mi propia vida 
un poeta tan viejo que da pena.
Tendré los ojos, pero sin mirada
la boca seca, pero acostumbrada
a los racimos de la primavera 
y en mi mano estará la lapicera 
para escribir la copla que me espera, 
igual que una muchacha enamorada. 
Madre y Jorge Enrique Martí (1934) de Fotografía en palabras

Sobre sus próximos libros
Como se dijo, además de sus cinco hijos, siete nietos y un bisnieto en camino, Jorge Enrique, nuestro Martí, espera dejarnos dos obras más: “Postales del río Uruguay” y “Gurisada”. Respecto a este último nos cuenta: “Es un libro dedicado a los chicos de la escuela primaria de Entre Ríos —aclara—. Para el que está en sexto grado entienda un poco la entrerrianía o la entrerrianidad, la concepción del paisaje, y para que sepa de algunos personajes de la historia —afirma—. Éste libro, entre otros méritos de ser un libro para escolares que necesita la presencia del dibujo y de las imágenes; cuenta con la ilustración de una nieta. Entonces, sale el abuelo con su nieta de ilustradora —subraya y continua—. Este libro es un texto que intenta ser una defensa del idioma. Un idioma es una de los pilares de la identidad del pueblo. Y si seguimos destruyéndolo, reduciendo cada vez más, como hace la televisión al meten letreros con cualquier cosa, ¿yo no sé qué va a suceder con los chicos que se nutren con eso, y encima que no leen, o leen solamente de Internet? Esto es un problema de la educación —reflexiona y nos cuenta su deseo—. Quiero que cada escuela de Entre Ríos tenga un ejemplar. Quinientos ejemplares de “Gurisada”, que rompe, además, con todo los manuales hechos por los porteños. He hecho cosas locas para los gurises. No sé si terminé de contar lo que quería, que debo contarlo o recordarlo. ¡Es importante que los chicos aprendan a vivir donde están viviendo y no saben dónde están viviendo!”.

La vida JEM encierra mucho más de lo que esta semblanza pueda retratar: falta hablar de su amistad con Aníbal Sampayo y el Zurdo Martínez. Su relación con la música. Su afición a los diccionarios. Las anécdotas con otros poetas. Su participación en la creación del primer puente que unió Argentina y Uruguay. El reconocimiento por parte de la UCR, o su participación en decenas de medios de comunicación de la provincia y nacionales. Sin embargo, al momento de verificar algunos datos, él hizo hincapié en tres ejes: uno, su infancia en Liebig; dos, su paso por el Colegio de Uruguay y La Fraternidad, y tres, su estudio de Filosofía y Letras en Bs. As. De ser así, es posible que esta nota haya recreado el clima de la atmósfera literaria de nuestro poeta Jorge Enrique Martí.


Otoño,entre los ríos Uruguay y Paraná
y en el 2016.

3´ Minutos para un cuento (inéditos)


LA MAGIA DEL FÚTBOL


A las ocho de la noche, arrollé las vendas y el partido de fútbol 5 comenzó a las ocho y treinta. Gol y gol. Faltas en el medio, en el fondo y en las áreas. Risas y gritos, de júbilo y dolor. Me apoyé con la “zurda mágica” y la rodilla se trasformó en una goma que fue y vino, dentro de un jugo acuoso donde la rótula se movía. En la cancha aprendí que la única pelota que se pierde es la que se da por perdida.


En ambulancia nos fuimos a la guardia del hospital donde nos encontramos con un embotellamiento de camillas cargadas, esperé mi turno, me mantuve con los ojos cerrados para no ver el sufrimiento en vano.


—El fútbol es un juego peligroso —dijo la doctora mientras con sus pruebas me hacia doler la rodilla.


— ¡Ay! —dije—. Uno de los juegos peligrosos.


—Nombre y apellido —dijo y por exigencia de la ficha la doctora María Alejandra Blanco supo mi nombre, edad, dirección, en una palabra, dejé de ser un completo desconocido para ella y me enteré de su nombre sólo cuando leí la receta con las indicaciones para radiografías.


Cuando me revisaron los traumatólogos volví a ver a la doctora Blanco. Ellos decían que no daban más, que se hacía tarde, mi problema era sencillo y ella los estaba consultando por un problema que lo podía resolver sola. Ella se disculpó y los traumatólogos continuaron refunfuñando. Cuando se fueron, le dije:


— No la trataron bien.


— A veces me tratan peor —contestó con una mueca.


Mientras la doctora escribía, miré sus manos.


— ¿Casada? —pregunté.


— No —dijo y se miró los anillos—. ¿Estos? Me los regalaron —preguntó y se contestó, y me alcanzó la receta—. Tiene que hacer reposo, hielo en el lugar y un vendaje para inmovilizar la zona.


No me despedí. Se fue por un pasillo, caminando entre los reflejos que salían de las puertas abiertas. Mientras se soltaba el pelo, recordé el panadero de los cardos, llevado por el viento, nunca se sabe dónde terminará. Aquel día salí en camilla de la cancha, solo y por la magia del fútbol que vive y continúa produciendo resplandores en cualquier potrero, aquí estoy, a las doce de la noche, esperando con una rosa escondida a la espalda, que la doctora María Alejandra Blanco termine la guardia.



* * *





CALL CENTER


Un Call Center es, traduciendo, un centro de llamadas.


Existen diferentes centros de llamadas, pero la charla que les voy a contar, sucedió en uno de seguro para vehículos.


Les parecerá extraño que algo raro pase en esas oficinas, armadas de la noche al día, donde los trabajadores están ubicados como en una caja de huevos. “Para nada”, dirá usted. Claro, si se deja guiar por las imágenes que venden el servicio telefónico, seguramente no pensará que la jovencita o el muchacho, carilindos y de buena sonrisa, lo traten mal, a usted. Claro que no, que nada malo puede suceder, pues allí trabajan persona con buenos tratos y claridad en la dicción, preparados para estar atendiendo pedidos a desconocidos…bueno, en esas situaciones, digo, el de las llamadas, enseguida se conoce con quién se habla. Ahora bien, confesamos, no importan los nombres propios para nuestro caso, pues pinchar o romper el auto le puede pasar a cualquiera, y la llamada la atenderá alguno de los muchos trabajadores, pero ahora bien, en este caso sí vale la pena contar el pleno desarrollo, entrada la conversación:


—Y… ¿dónde dice que se encuentra señora?


—En una ruta. Es de doble carril.


—Sí, está bien, pero necesito saber el número de la ruta y el kilómetro para enviarle el mecánico y la grúa, señora.


—Pasé una YPF…


La situación es totalmente disímil, pero, sin embargo, hay algo que se comparte entre uno y otro, y eso es la necesidad de dar solución a un problema.


Imaginamos, según la imagen que muestra modelos atendiendo el servicio telefónico, los auriculares sanos y de de última tecnología, pero no, éstos se encuentran rotos o encintados a modo de arreglo; la división entre un trabajador y otro es casi nula, de manera tal que cuando alguno de éstos supera los dos o tres minutos de conversación, entran a mirarse uno al otro, comenzando por el más cercano, enterándose todos, de esa manera, de la que puede ser la situación del día.


Por otro lado, la otra persona se encuentra fuera de su automóvil, en un lugar, quizás desconocido, quizás no. Aquel día, parecía perdida.


— ¿Y no puede caminar para la dirección contraria, y llegar hasta la YPF?


— ¡No! Pasé una ciudad, a la salida la YPF.


— Y ¿qué ciudad pasó?


—No sé. Estoy en medio de la nada, ¿me entiende?, con mis cinco hijos, el perro, la abuela, el vecino y la tortuga. No sé qué hacer, y encima el turro de mi marido que no vino.


Todo aquel que ha llamado a un servicio telefónico seguramente escuchó la música de espera más de dos veces, y, una vez pasado esto también una voz, diciendo que la conversación será grabada con el objeto de optimizar el servicio. Ahora bien, para un laburante de los centro de llamada es distinto, pues no puede enfadarse, es casi un pecado de despido. Claro, entonces, la charla siguió:


— Bué, tranquila, dígame ¿cuántos kilómetros hizo aproximadamente?


—No sé, pero aquí en frente hay un cartel que dice vote a.


—Bueno, ¡pero aproximadamente! Y en tiempo, ¿cuánto recorrió? No sé cuanto… 20 minutos. A ver, ¿usted me dice que iba de córdoba capital a San Juan? y dice que pasó… Ah, no señora, ¡usted está a diez kilómetros de Córdoba capital, no en el medio de la nada!


Llega el momento que el telefonista o la telefonista, mira la póliza y se da cuenta que es un porteño, pues para ellos basta con ver tres pastos y un pájaro cantando para decir que están en el medio de la nada. Pero aun no termina.


—Bueno, deme su número de teléfono.


— ¡Muy mala pregunta!, no lo sé de memoria… ¿y no le sale en la computadora?


—No señora.


—Estoy preguntando…Che, basta, alguien que me dicte mi número de teléfono…Quince.


—Disculpe, anteponga el código de área de cobertura.


— ¡Ay!, tantos datos, no sé…el de Buenos Aires es 1100, creo…



—No, ese es el correo postal. ¿Qué, piensa que le voy a mandar la grúa por correo? —y cortó.


* * *



CONTACTOS


Franz Kafka narra una historia sobrenatural sobre lo difícil del trabajo, el trabajo es difícil, y los que les voy a contar no fue un sueño, me tocó organizar la sala para presentar un libro y me dirigí al COPROPOCO (Consejo Provincial de Políticas Comunicacionales) donde nos respaldaron dándome un número telefónico. Llamé y pregunté por Carli Wagner.


—Hola… Sí, él habla —respondió.

—Habla Mario Daniel Villagra

— ¡Ah! Georgi dijo que llamarías —se refería a Georgina, secretaria del COPROPOCO.

—Sí, Georgina me pasó tu teléfono. Te llamaba por lo siguiente —dije y expliqué la necesidad de salón para presentación de libro.


Hablamos con un empleado del CECULCONVU (Centro Cultural y de Convenciones la Vieja Usina). Una semana después nos comunicamos nuevamente.


—Centro Cultural y de Convenciones la Vieja Usina, buenos días, en qué puedo servirlo, mi nombre es —dijo y no recuerdo qué nombre pronunció.

—Buenos días. Necesito hablar con Carli Wagner —expliqué amablemente.

— ¿Puede repetir?

Lo hice.

—Aquí no trabaja ninguna persona con ese nombre.

—Disculpe, ¿con quién tengo el gusto de hablar? —recuerdo que pregunté y no se lo que contestó—, la semana pasada hablamos con ésta persona que trabaja ahí —dije.

—¿Usted no estará hablando de Juan Carlos Regner?


La conversación telefónica siguió. Repetí el nombre Carli Warner, hasta que decidí trasladarme y presentarme personalmente. Esa misma mañana entre el calor y los bocinazos comentamos con Roberto iluminador y sonidista de la presentación, que se olfateaba una tensión interna en el personal.

Llegamos. Saludamos a la única persona que estaba allí, seguramente quien atendió el teléfono.

—Para pedir el salón, ¿hay que llenar alguna planilla?

—Sí, espere un poquito. Primero, vamos a consultar el cuadernito para ver si hay fechas disponibles. Me dijo ¿qué fecha?

—El tres de abril, de seis de la tarde a ocho —aclaré.

—Viernes, sí, está ocupado con la presentación de un libro —dijo.

—¡Somos nosotros!

—¡Ay! Usted tiene razón, claro que me lo dijo… “una presentación de libro”. Esperen, Juan Carlos viene en seguida.

Insistió con ese nombre, yo no presté atención pues estaba llenando las planillas que ella me había alcanzado, mientras Roberto miraba la correspondiente a las cuestiones electrotécnicas.

—¡Juan Carlos! Por fin llegó. Unos señores impacientes lo están esperando.

—Sí, disculpas por la demora, es que el tránsito…

Pensé en cómo adjetivó con `impacientes´, mientras, agregué que habíamos hablado hacía una semana.

—Sí, me acuerdo —contestó.

—¡Un momentito! —interrumpió la señora— Estos impacientes preguntaron por Carli Wagner y no por Juan Carlos Regner, ¿o, acaso, miento? —preguntó alarmada, y alarmó a todos.

—Sí, yo hablé con Carli Wagner —me hice eco—. Es el contacto que me dieron —dije.

—Yo les voy a explicar —dijo el Carli —. Mis padres son separados, y, entonces, en la administración pública algunos me llaman por el apellido de mi mamá, Wagner, y, otros, por el de mi papá, Regner, no sé por qué, cosas de la administración pública.


* * *