Libro: “Me río de Janeiro. Historias cotidianas de una argentina en Brasil”

El próximo 8 de agosto, a las 19 hs, en el Consulado de Argentina en Rio de Janeiro, se presentará el libro bajo el sello Parientes Editora. La presentación contará con la presencia de la cantante Letícia Novaes, más una muestra fotográfica.


Esa Ana Sclimovich que conocí
Nació el 6 de noviembre de 1974, en Buenos Aires. Luego de numerosos viajes, vive en Río de Janeiro hace diez años. Ahora, en víspera de otro destino, está pronta a publicar un libro con crónicas publicadas entre 2012 y 2016 en el Blog de La Nación, “Me río de Janeiro”. Ese es el nombre del libro que saldrá con el sello de Parientes Editora, de Paraná, Entre Ríos.  
Rondando el primer año, su madre Susana y el padre Mario marcaron la vida de su hija Ana con un viaje en plan de cambio de casa y provincia. Desde entonces, el viaje la constituye; su casa es su cuerpo y sus ideas son pasaportes para habitar el mundo de una manera particular: la suya.
Viajes impensados, encuentros programados, un parto en camino, son algunos de los temas que conversamos con Ana Sclimovich; la rusa, la judía, la fotógrafa, la mentora de “Me Río de Janeiro”, un blog del periódico La Nación, en Argentina, que mudó a proyecto editorial y que de aquí a pronto será lanzado por Parientes Editora.
Perdón, el parto es doble: será madre y saldrá un libro. El libro contendrá una selección de cincuenta y seis crónicas de viajes. Y su hijo, que tendrá miles de historias para escuchar, nacerá en noviembre. Para entonces, ella y su familia estarán viviendo en Chile. Mientras tanto, en Brasil lleva haciéndolo hace diez años. “Voy a extrañar”, me dice cada vez que hablamos de algunas de las actividades que desarrolló en la ciudad carioca.
Cuando le propuse encontrarnos, ella me dijo tenía que ir a sacar unas fotos al Forte duque de caixas, para ilustrar una nota. Le dije que podría acompañarla. Aceptó y pautamos un lugar de encuentro. Temí no reconocerla luego de sus variadas fotos en internet. Se lo comento por celular. “Voy de calza verde”, me dijo y hayo que eso la definió: elástica. Nació en Buenos Aires, vivió su infancia y adolescencia en Paraná, Entre Ríos; luego de finalizar sus estudios secundarios, viajó a Israel. Posteriormente se lanzó a Ecuador, realizó desde allí sus primeros trabajos como cronista de viajes. Pasó por muchas ciudades de Brasil, siendo fotógrafa para la embajada de Argentina en ese país; donde el “ocho del ocho” presentará su libro, dijo con un cantito.
Al encontrarnos, si bien identifiqué su calza verde, no sabía con cuál de “las Anas” me encontraría. Con la viajera, la fotógrafa, la indecisa, la crítica, la que cuenta historias, la melancólica, la publicitaria, la diseñadora de indumentaria, la pesimista, la creativa, la inmadura, la sargento, la escritora, la vaga, la idealista, la egoísta, la audaz, la inconformista, la rusa, la judía, la de ningún lugar, la argentina, la que quiere todo, la auténtica, la exigente, la loca, la dulce, la franca, la bestia, la dormilona, la maestrita, o con la que tiene mucho por andar y aprender, pues, como confiesa en uno de sus Blogs, son todas esas “Anas” en ella.

Luego, salieron esas “Anas”. Cuando hablábamos de la maternidad, salía la que está aprendiendo a ser. Cuando hablábamos de los workshop sobre crónicas de viajes y de las aulas de fotografía en una favela, asomaba la maestrita y la crítica. La creativa hablaba en todo momento, pues ella fue creando su camino. “No creo en la suerte. Uno se puede proponer algo y trabajar para eso, e ir hacia ese objetivo”, recuerdo que me dijo, con la cámara fotográfica colgada de su muñeca. Por un instante pensé descubrir otras de sus “Anas”: la segura de sí misma.
También pude ver la idealista y autocrítica. Reflexiva sobre su tarea de escribir, sobre las condiciones que se imponen en su trabajo. Y tiene material para hacerlo. Publicó sus escritos e imágenes fotográficas en medios como La Nación y en la Revista Lugares, en sitios tales como el In, de Chile; Time Out de Gran Bretaña; el Eigenhuis & Interiors, de Holanda y en los estadounidenses el About.com y Hand Eye.
No fue una entrevista normal. De hecho, no atiné a prender la grabadora. Temí que ese aparato quitara instantaneidad a la charla. Subimos por la floresta, hasta la cima del fuerte. Allí, sólo le tomé una foto. “Me pongo incómoda”, recuerdo que me dijo y bajamos. Subimos a un colectivo y siguieron algunas preguntas. Fue allí que recordó una anécdota del 2016, en Entre Ríos: “una señora se fue desde Chajarí hasta Paraná para hacer el taller; mi amor. De eso me acuerdo”, dijo y nuevamente se definió más que cualquier declaración. La charla se fue embotellando, al igual que el tránsito donde nos encontrábamos. Entonces, comencé a pensar que podría describirla por fuera: su tez de una edad incalculable, su pelo a media nuca, que danza sobre sus menudos hombros, cargando una mochila para llevar su equipo. Sus ojos de pastel dulce. Su vientre de cuatro meses y sus calzados de tracking. Podría detenerme en lo exterior  y perderme sus pensamientos, sus deseos de escribir una novela sobre la Isla Voipeba; sus ganas de parar por un tiempo la marcha de su viaje, sobre sus relatos de poeta. En suma, eso es lo que muestra su actitud ante la vida. Podría, salvo que, como ella lo dice, hay muchas “Anas” en ella. Entonces, “me limitaré a contar sobre la Ana Sclimovich que conocí”, dije en el medio viaje, y así seguimos.


Lic. Mario Daniel Villagra

mariodanielvillagrasegovia@gmail.com




Título: Me río de janeiro. Historias cotidianas de una argentina en Brasil.
Autor: Ana Sclimovich
Tamaño 14x21
Pág. 200
Sello: Parientes Editora

Año.2017 

3´ Minutos para un cuento (inédito)

LOS DOS POETAS

(Basado en una anécdota, contada por Evar Ortiz Irazusta, y en las poesías de Juan L. Ortiz y Carlos Mastronardi)


Juan y Carlos recorrían, navegando en una canoa, el río Gualeguay. Era de siesta. Hablando sobre el puchero hecho por Gerarda, la mujer de Juan. Éste confesó que era su comida favorita. Carlos miraba el agua, luego dijo: que fresco. El otro, las nubes y pronunció: ah, tarde… el mundo es un pensamiento/realizado de la luz. Allí estaban los dos poetas.

Era junio, y la crecida inminente. Carlos ponía la mirada en la nada, era habitual en él, igualmente no perdía detalles del paisaje que luego describía ajustadamente. Sus anteojos, como tasitas de té, y que usó desde chico, tapaban sus tenues ojeras que contrastaban con su tez blanca:

—Che Juan —dijo Carlos.

—Usted dirá —respondió Juan, buscando formas en las nubes.

—Alguien leerá que una vez yo paseaba silbando entre los árboles.

—Objetivamente sí, si usted silbase y lo escribiese, sería la verdad.

Carlos comenzó a silbar, y el galgo de Juan ladró ante el primer gato encontrado en la copa de un sauce.

Mientras el viento también silbaba sobre el pajonal, Juan dijo: “buena idea la de Gerarda, poner la radio en el bolso” y la prendió. Mientras que Carlos también llamó la atención: “Mire lo que traje”. “Una pipa”, respondió Juan. “Se la tomé a mi padre”, confesó el otro, “hace algunos años”, aclaró y siguió “la extravió entre los papeles del Departamento Topográfico”, para acotar. “Es suya ahora, Juan”, finalizó Carlos y Juan nunca más se desprendió de ella, como tampoco de sus boquillas largas y sus bombillas para el mate.

Mientras Juan pronunciaba una interrogación que decía: “¿qué nos pregunta el vago horizonte?”, una vaca muerta impactó contra la canoa. Juan recordó que teniendo doce años, hacía el pastoreo de las vacas. “Me acompañaban hasta tres perros”, acotó.

Juan remaba, dando la espalda a la casita que tenía en la barranca. Mientras que Carlos, improvisó:

He vivido entre las costas y anduve un año entre las islas.

Las crecientes traían animales extraños

y la grata zozobra de escuchar agua brava

entre el clamor extremo de los campos ahogados.

Solamente rescataron un gato negro, similar al que saliera en la foto de cada uno de ellos, pero años más tarde. Luego, el felino rescatado, fue ubicado en la casa de una familia amiga.

Fue Carlos quién tomo el rol de periodista aquella tardecita, como luego lo hiciera en el Diario Crítica, donde ambos se reencontraron después, pues él preguntó a Juan si nació en Puerto Ruiz, comenzando el diálogo.

—Sabe usted que sí —respondió éste—. Me crié en una casa de estilo italiano, con seis grandes ventanales a los costados. La casa quedaba en la esquina, por caminitos pálidos entre la hierba oscura

—Recuerdo mis viajes en tren hasta allí, junto a mi padre, pues es desde donde partían diversos barcos —dijo Carlos—Guardo lindos recuerdos de mi infancia, pequeña luz de provincia… ¿Sabe qué?

— No. Usted dirá —respondió Juan.

—Recuerdo que una muchacha del campo que servía en mi casa se llamaba Laurentina.

—¡Pero mire usted que casualidad! Yo, sin embargo, recuerdo la siesta

Tendido en la sombra de

un árbol, yo soy un niño

dormido en el medio del campo.

Dulce de estar tendido

fundido por el espíritu del cielo

a través de la ventana

abierta

sobre los soplos oscuros

Yo también recuerdo la siesta, y que además, en esa hora del día, recurrían para el que se rehusaba a reposar, a “la solapa”—agregó Carlos y siguió—, fantasmón punitivo que integra el acervo de las supersticiones campesinas.

Ante de la noche el cielo se puso entre gris y rozado como para llover. Los truenos ponían cerca esa posibilidad. Y el viento, característico antes de cada lluvia, soplaba como si alguien lo largara con fuerza desde algún lugar. Hasta que el cielo se rajó.

¡La voz del agua

Dulcemente cierra el mundo!

“Ojala este Ella”, dijo Juan …”con la lámpara en la mano, en el centro mismo de la noche”.

Una cortina de lluvia con truenos sorprendentes, ponía nervioso al galgo que aullaba pegado a Juan, y él seguía remando en silencio. Silencio que Carlos rompió al preguntar:

—¿Está bien lo que hacemos, Don Juan?

Sabe usted, hice lo que me pareció que debía, sin ilusionarme mucho acerca de los resultados.

—Pero no lo digo por el hecho de rescatar este gatito, lo digo por la poesía…

—Usted sabe, la poesía es algo que me lleva y me trae a todas las zonas de la vida, en especial a esa más oscura y más inaccesible.

No dijo Juan a qué zona de la vida se refirió, igual se fue en un invierno, envuelto en poemas, en tanto que Carlos, dos años antes, lo hizo con las hojas secas del otoño, volviendo, como raíces, cada uno a su tierra.

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LA MAGIA DEL FUTBOL

A las ocho de la noche, arrollé las vendas y el partido de fútbol 5 comenzó a las ocho y treinta. Gol y gol. Faltas en el medio, en el fondo y en las áreas. Risas y gritos, de júbilo y dolor. Me apoyé con la “zurda mágica” y la rodilla se trasformó en una goma que fue y vino, dentro de un jugo acuoso donde la rótula se movía. En la cancha aprendí que la única pelota que se pierde es la que se da por perdida.

En ambulancia nos fuimos a la guardia del hospital donde nos encontramos con un embotellamiento de camillas cargadas, esperé mi turno, me mantuve con los ojos cerrados para no ver el sufrimiento en vano.

—El fútbol es un juego peligroso —dijo la doctora mientras con sus pruebas me hacia doler la rodilla.

¡Ay! —dije—. Uno de los juegos peligrosos.

—Nombre y apellido —dijo y por exigencia de la ficha la doctora María Alejandra Blanco supo mi nombre, edad, dirección, en una palabra, dejé de ser un completo desconocido para ella y me enteré de su nombre sólo cuando leí la receta con las indicaciones para radiografías.

Cuando me revisaron los traumatólogos volví a ver a la doctora Blanco. Ellos decían que no daban más, que se hacía tarde, mi problema era sencillo y ella los estaba consultando por un problema que lo podía resolver sola. Ella se disculpó y los traumatólogos continuaron refunfuñando. Cuando se fueron, le dije:

No la trataron bien.

A veces me tratan peor —contestó con una mueca.

Mientras la doctora escribía, miré sus manos.

¿Casada? —pregunté.

No —dijo y se miró los anillos—. ¿Estos? Me los regalaron —preguntó y se contestó, y me alcanzó la receta—. Tiene que hacer reposo, hielo en el lugar y un vendaje para inmovilizar la zona.

No me despedí. Se fue por un pasillo, caminando entre los reflejos que salían de las puertas abiertas. Mientras se soltaba el pelo, recordé el panadero de los cardos, llevado por el viento, nunca se sabe dónde terminará. Aquel día salí en camilla de la cancha, solo y por la magia del fútbol que vive y continua produciendo resplandores en cualquier potrero, aquí estoy, a las doce de la noche, esperando con una rosa escondida a la espalda, que la doctora María Alejandra Blanco termine la guardia.

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DÍA DE CLASE

Mientras prepara sus útiles en la mochila Ernesto imagina los rasgos de la nueva maestra. No construye muchas imágenes pues desde que comenzó la escuela hasta ahora que está en tercer grado no conoció a muchas; Amanda, una señora robusta de pelo rojizo y ondulado, que fue su maestra y ahora directora; Nené, la señorita de Jardín, y al profesor Yara, de plástica, arte y expresión, que tiene el pelo largo hasta la espalda y la barba larga como dejada así desde años, y que no estaba todos los días en la escuela.

Silvia también, aunque es más grande, imagina la nueva maestra, pues ingresarían dos. Con once años ya había sufrido cambios, entonces pensó en ella, pero no en sus rasgos y en sus formas, como su hermano, sino en que era una nueva oportunidad para poner más atención en las clases.

Ernesto y Silvia salieron en ancas, “enancados”, así se le dice en las casas de campo. En la puerta, pasando el alambrado, María y su hija menor en brazos, despiden con lágrimas en los ojos, como sintiendo algo doloroso, a sus hijos, mientras su padre para la oreja, metido bajo un espinillo, cuando escucha esas voces, mientras trajina su trabajo de hachero.

Más allá, por la misma ruta de tierra negra, entre espinillos y cruces de calles con alcantarillas, en una estancia, tres caballos son preparados por Juan, que ya estaba despierto desde las seis. Son las siete y diez, y Alejandra, Lucas, Verónica, Luciana y Andrea terminan de tomar su tazón de mate cocido con leche, acompañado de un cacho de pan y una tajada de queso, todo casero y hechos al fuego de leña.

Son las siete de la mañana. Una zona conocida como el Pozo Borrado hace imposible ver detrás de la niebla plomiza. El chaqueño, que venía con su F-100 modelo ochenta, bosteza, lleva su mano a la boca y cuando la baja, toca sin querer la palanca de las luces y éstas se apagan.

Son las siete, dice una. Mejor, llegaremos antes que los chicos, dice otra. Contra la ventana una escucha, no se conocen entre sí. Eran siete, más el chofer y una acompañante. Estaban en una combi y algunas ansiosas porque era su primer día luego de graduarse.

Son las siete, el chofer ve el cartel de la curva y baja la velocidad. De frente, la camioneta sin luces, no hace lo mismo y acelera al ver las de aquella, queriendo ganar la parte de arriba de la ruta. Calculan mal y chocan. Mueren los diez.

Siete y media. Las maestras no llegan a las escuelas.

Siete y media, y la radio anuncia que hay un accidente. Ester escucha, mientras Juan prepara el mate para tomar mientras charlan hasta las ocho.

Son las ocho y no llegan, parece que hoy no comenzaran.

Son las ocho de un lunes veintisiete de mayo en el año dos mil trece del siglo veintiuno en la argentina, a éste le siguen dos días de duelo, por los muertos que hoy no hay que olvidar.


(Lo cuentos expuestos forman parte de “3´ minutos para un cuento”, un trabajo que espera ser editado)