VIVIENDA DIGNA vs LUCRO

Imagen extraída de: politicospartidos.blogspot.com.ar/
El congelamiento del alquiler o la baja del precio de los mismos
equivale a un aumento de sueldo.

Más allá del Plan Procrear y los planes del IAPV, no se escuchan propuestas políticas para solucionar los problemas habitacionales. La cadena comienza con el problema de la tenencia de la tierra (urbana) y termina con la situación de calle. Hay algunos eslabones, que por su movilidad, resaltan: el sector inmobiliario, por un lado, y los inquilinos, por otro. Estos toman iniciativas y sus manifestaciones son claras: uno porque cuida su negocio y el otro porque padece la libertad de mercado con los que aquellos se manejan. Cada uno se organiza, propone y disputa. Mientras tanto, el sector de gobernantes pareciera que prefiere no hablar del tema, ni del papel que desempeña el Estado, ¿no será que muchos viven de la renta inmobiliaria?
Basta ver algunos ejemplos para justificar lo que se dice. En Paraná, los primeros días del mes de Marzo de 2016, se organiza la “Cumbre Inmobiliaria Federal, en defensa de la profesión”. El encuentro tendría un objetivo principal que es “acordar acciones para erradicar el ejercicio ilegal del corretaje inmobiliario”. De ser así, se deduce que el sector se está viendo perjudicado en el seno de su trabajo debido a las irregularidades que se vivencian.
Así mismo, a nivel nacional, en Febrero de 2016 se realizó una conferencia de prensa donde el Frente de Inquilinos Nacional, presentó un proyecto de ley para regular el alquiler de viviendas. "La principal problemática son los aumentos indiscriminados", dijo Gervasio Muñoz. En la presentación también se contó con la presencia y testimonios de organizaciones de inquilinos de La Pampa, Tierra del Fuego, Chubut, Río Negro, Santa Fe, Ciudad de Buenos Aires, Buenos Aires, Neuquén, la Defensoría del Inquilino porteño y la Asociación Civil por la Igualdad y la Justicia. "Este proyecto de ley apunta a garantizar y ampliar los derechos de los inquilinos, creemos que en la reforma del código civil no se contempló el desequilibrio del mercado inmobiliario, donde el inquilino siempre está en situación de inferioridad porque se especula con una necesidad básica como la vivienda", aclaró Pamela Gaita quien integró la mesa de conferencia de prensa.

NUEVOS Y VIEJOS CÓDIGOS
En agosto de 2015, con el cambio del Código Civil, la ley 23091 (sobre locaciones urbanas) perdió vigencia. Al respecto, Diario UNO de Entre Ríos, entrevistó a la asesora legal del Colegio de Corredores Públicos Inmobiliarios de Entre Ríos, Cecilia Pagés.  La misma se refirió  a los  Impuestos y señaló que “los debe pagar el locador, salvo que se disponga en el contrato que los debe pagar el locatario. “Juega mucho la autonomía y la voluntad, ya que hay muchas cuestiones que se pueden trasladar tanto al locador como al locatario”, apuntó. En cuanto a las Mejoras, señaló que “cambiaron los aspectos en cuanto a los arreglos urgentes o necesarios (por ejemplo, la rotura de un caño) los puede hacer el locatario, pero luego le puede pedir al locador que le reintegre el dinero del gasto”, remarcó.
En nuestro caso, en la provincia existe desde el 2006 la LEY Nº 9739  la cual habla de “LA EXISTENCIA DEL COLEGIO DE CORREDORES PÚBLICOS INMOBILIARIOS”. Allí queda claro los DERECHO Y OBLIGACIONES con lo que cuenta y también su relación con el Estado, cuando le conviene su intervención.

En su artículo Art. 8º dice: “Los Corredores Públicos Inmobiliarios gozan de los siguientes derechos:
a) Percibir los honorarios devengados a su favor conforme lo convenido libremente con el cliente o mandante o lo que corresponda conforme a lo fijado por los tribunales en caso de regulaciones judiciales. En caso de no existir convenio previo con el cliente, regirán los aranceles sugeridos por el Colegio de Corredores Públicos Inmobiliarios”. En otras palabras, ellos mismos deciden qué precio poner, y vale remarcar, sin la intervención de Estado.

INQUILINOS ORGANIZADOS EN ORO VERDE
En simultáneo a estos hechos, como retrató Análisis, en la Ciudad Universitaria de Oro Verde, a kilómetro de Paraná, la capital de Entre Ríos, ya se han desarrollado dos reuniones de inquilinos.  Allí se escuchó de todo y siempre queda en evidencia el abuso de poder con el que algunos en el sector inmobiliario se desenvuelven. Y no solamente en los tratos, promesas incumplidas o el no cumplimiento de los tiempos estipulas, sino hasta físico y moral; al abuso económico que en muchos casos se efectúan (expensas extraordinarias, arreglos que no tiene reintegro, altas tasas en las moras, elevados costos de alquiler en relación al sueldo, subas cada seis meses, comisiones injustificadas y fuera de la Ley, etc.), se suman las amenazas con tomar medidas judiciales a los que se manifiestan públicamente. 
Una de estas personas, en la última reunión, dejó en claro el panorama: La Ley existe, y nos dicen (a los inquilinos) que hagamos respetar nuestros derechos; pero no existe lugar donde hacer escuchar nuestros reclamos y hacer valer nuestros Derechos. En síntesis, una intervención y protección de Estado.
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Otras fuentes consultadas, además de las de primera mano:


3´ Minutos para un cuento (inédito)

LOS DOS POETAS

(Basado en una anécdota, contada por Evar Ortiz Irazusta, y en las poesías de Juan L. Ortiz y Carlos Mastronardi)

Juan y Carlos recorrían, navegando en una canoa, el río Gualeguay. Era de siesta. Hablando sobre el puchero hecho por Gerarda, la mujer de Juan. Éste confesó que era su comida favorita. Carlos miraba el agua, luego dijo: que fresco. El otro, las nubes y pronunció: ah, tarde… el mundo es un pensamiento/realizado de la luz. Allí estaban los dos poetas.

Era junio, y la crecida inminente. Carlos ponía la mirada en la nada, era habitual en él, igualmente no perdía detalles del paisaje que luego describía ajustadamente. Sus anteojos, como tasitas de té, y que usó desde chico, tapaban sus tenues ojeras que contrastaban con su tez blanca:

—Che Juan —dijo Carlos.

—Usted dirá —respondió Juan, buscando formas en las nubes.

—Alguien leerá que una vez yo paseaba silbando entre los árboles.

—Objetivamente sí, si usted silbase y lo escribiese, sería la verdad.

Carlos comenzó a silbar, y el galgo de Juan ladró ante el primer gato encontrado en la copa de un sauce.

Mientras el viento también silbaba sobre el pajonal, Juan dijo: “buena idea la de Gerarda, poner la radio en el bolso” y la prendió. Mientras que Carlos también llamó la atención: “Mire lo que traje”. “Una pipa”, respondió Juan. “Se la tomé a mi padre”, confesó el otro, “hace algunos años”, aclaró y siguió “la extravió entre los papeles del Departamento Topográfico”, para acotar. “Es suya ahora, Juan”, finalizó Carlos y Juan nunca más se desprendió de ella, como tampoco de sus boquillas largas y sus bombillas para el mate.

Mientras Juan pronunciaba una interrogación que decía: “¿qué nos pregunta el vago horizonte?”, una vaca muerta impactó contra la canoa. Juan recordó que teniendo doce años, hacía el pastoreo de las vacas. “Me acompañaban hasta tres perros”, acotó.

Juan remaba, dando la espalda a la casita que tenía en la barranca. Mientras que Carlos, improvisó:

He vivido entre las costas y anduve un año entre las islas.

Las crecientes traían animales extraños

y la grata zozobra de escuchar agua brava

entre el clamor extremo de los campos ahogados.

Solamente rescataron un gato negro, similar al que saliera en la foto de cada uno de ellos, pero años más tarde. Luego, el felino rescatado, fue ubicado en la casa de una familia amiga.

Fue Carlos quién tomo el rol de periodista aquella tardecita, como luego lo hiciera en el Diario Crítica, donde ambos se reencontraron después, pues él preguntó a Juan si nació en Puerto Ruiz, comenzando el diálogo.

—Sabe usted que sí —respondió éste—. Me crié en una casa de estilo italiano, con seis grandes ventanales a los costados. La casa quedaba en la esquina, por caminitos pálidos entre la hierba oscura

—Recuerdo mis viajes en tren hasta allí, junto a mi padre, pues es desde donde partían diversos barcos —dijo Carlos—… Guardo lindos recuerdos de mi infancia, pequeña luz de provincia… ¿Sabe qué?

— No. Usted dirá —respondió Juan.

—Recuerdo que una muchacha del campo que servía en mi casa se llamaba Laurentina.

—¡Pero mire usted que casualidad! Yo, sin embargo, recuerdo la siesta

Tendido en la sombra de

un árbol, yo soy un niño

dormido en el medio del campo.

Dulce de estar tendido

fundido por el espíritu del cielo

a través de la ventana

abierta

sobre los soplos oscuros

—Yo también recuerdo la siesta, y que además, en esa hora del día, recurrían para el que se rehusaba a reposar, a “la solapa”—agregó Carlos y siguió—, fantasmón punitivo que integra el acervo de las supersticiones campesinas.

Ante de la noche el cielo se puso entre gris y rozado como para llover. Los truenos ponían cerca esa posibilidad. Y el viento, característico antes de cada lluvia, soplaba como si alguien lo largara con fuerza desde algún lugar. Hasta que el cielo se rajó.

¡La voz del agua

Dulcemente cierra el mundo!

“Ojala este Ella”, dijo Juan …”con la lámpara en la mano, en el centro mismo de la noche”.

Una cortina de lluvia con truenos sorprendentes, ponía nervioso al galgo que aullaba pegado a Juan, y él seguía remando en silencio. Silencio que Carlos rompió al preguntar:

—¿Está bien lo que hacemos, Don Juan?

— Sabe usted, hice lo que me pareció que debía, sin ilusionarme mucho acerca de los resultados.

—Pero no lo digo por el hecho de rescatar este gatito, lo digo por la poesía…

—Usted sabe, la poesía es algo que me lleva y me trae a todas las zonas de la vida, en especial a esa más oscura y más inaccesible.

No dijo Juan a qué zona de la vida se refirió, igual se fue en un invierno, envuelto en poemas, en tanto que Carlos, dos años antes, lo hizo con las hojas secas del otoño, volviendo, como raíces, cada uno a su tierra.



LA MAGIA DEL FUTBOL

A las ocho de la noche, arrollé las vendas y el partido de fútbol 5 comenzó a las ocho y treinta. Gol y gol. Faltas en el medio, en el fondo y en las áreas. Risas y gritos, de júbilo y dolor. Me apoyé con la “zurda mágica” y la rodilla se trasformó en una goma que fue y vino, dentro de un jugo acuoso donde la rótula se movía. En la cancha aprendí que la única pelota que se pierde es la que se da por perdida.

En ambulancia nos fuimos a la guardia del hospital donde nos encontramos con un embotellamiento de camillas cargadas, esperé mi turno, me mantuve con los ojos cerrados para no ver el sufrimiento en vano.

—El fútbol es un juego peligroso —dijo la doctora mientras con sus pruebas me hacia doler la rodilla.

— ¡Ay! —dije—. Uno de los juegos peligrosos.

—Nombre y apellido —dijo y por exigencia de la ficha la doctora María Alejandra Blanco supo mi nombre, edad, dirección, en una palabra, dejé de ser un completo desconocido para ella y me enteré de su nombre sólo cuando leí la receta con las indicaciones para radiografías.

Cuando me revisaron los traumatólogos volví a ver a la doctora Blanco. Ellos decían que no daban más, que se hacía tarde, mi problema era sencillo y ella los estaba consultando por un problema que lo podía resolver sola. Ella se disculpó y los traumatólogos continuaron refunfuñando. Cuando se fueron, le dije:

— No la trataron bien.

— A veces me tratan peor —contestó con una mueca.

Mientras la doctora escribía, miré sus manos.

— ¿Casada? —pregunté.

— No —dijo y se miró los anillos—. ¿Estos? Me los regalaron —preguntó y se contestó, y me alcanzó la receta—. Tiene que hacer reposo, hielo en el lugar y un vendaje para inmovilizar la zona.

No me despedí. Se fue por un pasillo, caminando entre los reflejos que salían de las puertas abiertas. Mientras se soltaba el pelo, recordé el panadero de los cardos, llevado por el viento, nunca se sabe dónde terminará. Aquel día salí en camilla de la cancha, solo y por la magia del fútbol que vive y continúa produciendo resplandores en cualquier potrero, aquí estoy, a las doce de la noche, esperando con una rosa escondida a la espalda, que la doctora María Alejandra Blanco termine la guardia.